Acababa de terminar el colegio. Había suspendido varias y mamá estaba enfadada. Ella se había vuelto a casar con un hombre nuevo que era mucho más viejo. Y tenía aspecto de limpio. Papá había muerto hacía dos años y medio y ahora vivía con mis dos hermanastros. Ya llevaban un año en casa.

—¿Qué haces, tarado? Tienes que recoger toda esa mierda —mis hermanastros no eran amables conmigo. No como me había enseñado mamá a mí.

Me obligaban a recoger su ropa sucia. También tenía que limpiar los pelos que dejaban en la ducha y las gotas de pis de la tapa del váter. Mamá no decía nada porque estaba muy ocupada trabajando en la redacción. Era periodista y ganaba poco dinero, por eso estaba todo el día fuera. Mi padrastro defendía a sus hijos. Es normal, supongo.

Echaba mucho de menos a papá.

Durante los últimos meses, una bola dura se me había puesto en la garganta, a veces me costaba respirar. Me sudaban las manos y me quedaba quieto durante mucho rato. Podía estar así una hora seguida. Por las mañanas no podía levantarme de la cama, y cuando por fin lo hacía, me mareaba, era como si todo me diera vueltas. No podía comer, apenas hablaba. Esperaba durante toda la tarde a que viniera mamá pero me entraba sueño y me iba a la cama. Ya ni siquiera me tocaba “eso”, no tenía ganas.

Una mañana, mi hermanastro mayor, vino a mi cuarto con una jarra de agua y hielo. Me dijo que era hora de levantarme, pero no tenía ganas. No tenía ganas ni de levantarme ni de nada. Ni siquiera tenía ganas de arrancarle la cabeza como solía pasarme antes, cuando llegaron a mi casa.

—¡Levanta, tarado! ¿Qué pasa? ¿Te has meado y no quieres que lo vea? —una semana antes me había hecho pis en la cama, no sé cómo ocurrió, no me había pasado nunca.
—¡¿No me oyes, desgraciado?! —insistió—. Levanta de una vez ¡tenemos hambre!

Como yo no me levantaba ni hacía nada, me echó la jarra por encima. No sentí nada, ni siquiera el frío. Y seguí allí. Sin hacer nada.
Durante el día vinieron varias veces y probaron distintas estrategias. Me pincharon con tenedores, pusieron el disco de Charli XCX a todo volumen, sabían que la odiaba. Incluso me escupieron encima de mi almohada. Pero yo seguí allí. Quieto.

—Deprimido —dijo el médico cuando entró mi madre en la consulta—. Su hijo Danny tiene un trastorno depresivo mayor.

Me llevaron a ver a ese señor porque no me levanté en quince días. No comía, no dormía, no podía leer ni jugar al ordenador. Me quedé quince días mirando el techo. Me daba igual morirme allí mismo. Miraba la ventana las horas en las que mamá estaba trabajando y pensaba: ¿Qué pasaría si me tirara?, ¿se acabaría esta sensación?, ¿me echaría de menos alguien?, ¿se daría cuenta mamá? No podía evitar pensar que si me tiraba, me encontraría con papá al otro lado. Pero, ¿qué lado? Mamá decía que no había nada en ese lado. Ningún dios ni ningún hombre.

—¿Has entendido lo que tienes que hacer, cariño? —mamá me preguntaba algo relacionado con lo que acababa de decir el médico.
—No, señora, el chaval no tiene que hacer nada más que tomarse la medicación y venir a verme cada semana —contestó el médico.
—Pero quizá si pone algo de su parte, si piensa en cosas buenas. Quizá si se relaciona con sus amigos, si vuelve a jugar al fútbol…

El médico me dijo que saliera un momento. Esperé en una silla que había justo delante de la puerta de la consulta. Me miré las uñas, las tenía sucias pero no sabía por qué. ¿En qué momento se había metido esa tierra ahí? El cordón de la zapatilla se me había soltado pero no quería agacharme, si cambiaba de postura quizá volviera esa sensación de angustia. Quizá si no me moviera nunca más, quizá si estuviera así siempre, esperando a mamá. Quizá si me tirara por la ventana. Quizá si papá estuviera vivo. Quizá sólo debía esforzarme un poco más.

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La depresión es la principal causa de enfermedad y discapacidad de niños, niñas y adolescentes entre los 10 y los 19 años. Más info aquí.

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Este relato participa en la convocatoria que han organizado Obertament y la editorial Next Door Publishers para el 7 de abril, con el objetivo de visibilizar la realidad de la depresión y luchar contra el estigma.

Danny Lloyd interpretando a Danny Torrance en ‘El Resplandor’

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Grado en Biología por la Universidad de Navarra y máster en Comunicación Científica, Médica y Ambiental por la Universidad Pompeu Fabra. Colaboro en varios medios de comunicación con artículos de opinión y ciencia, y llevo la dirección de Next Door Publishers, una editorial desde la que publicamos ciencia, arte y literatura.

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