“Pues mete la cabeza en la arena y no la saques nunca más”, le dijo su maldita psiquiatra. Así, a bocajarro, mientras él miraba ese rancio horizonte de la Mar Bella en Barcelona. Llevaba cinco días dando tumbos, de casa a la editorial y de la editorial a casa. ¿Qué digo dando tumbos? León reptaba como un gusano oprimido.

Hacía exactamente cinco días y trece horas que su hija Mathilda había decidido abandonar el tratamiento. Cinco días y trece horas que el tiempo había adoptado un formato distinto al que tiene en la superficie del reloj. No había sucesión temporal porque no había secuencia de acontecimientos. En realidad, no había secuencia ordenada de pensamientos. La diversidad que origina habitualmente nuestro hemisferio izquierdo, se había convertido en una masa homogénea y caótica de reflexiones. Todas ellas con un tono grisáceo anodino. El miedo ya no era irracional como se suele decir en terapia. El miedo esta vez tenía un porqué nítido, cristalino, casi del mismo color que los ojos de su hija. Esa que hace cinco días y trece horas eligió una muerte lenta y dolorosa con el objetivo de evitar engordar un kilo más. Porque… ¿quién quiere vivir con un kilo de más? Ella no.

León no entendía esa enfermedad: trastorno de alimentación la llamaban, y parecía estar de moda en esta desconocida sociedad moderna. La niña había ingresado hacía un mes con 38kg y 1,69m de altura. Tenía 21 años y su trayectoria vital había estado gobernada por la tiranía de su trastorno. Sus estudios, sus relaciones con la familia o con sus amigos, habían estado bajo la supervisión de ese extraño trastorno. Él fue durante todo el tiempo el que decidió cómo debía reaccionar Mathilda. A veces, le permitía sentir algo de tranquilidad e, incluso, felicidad. Pero la mayoría del tiempo, la tenía amordazada con un pañuelo que olía a culpa. La soga siempre alrededor del cuello. Si Mathilda comía, la soga apretaba muy fuerte. Si vomitaba, la soga volvía a soltarse.

Así es como aprendió a regular su malestar, vomitando. Pero, “¿por qué sentía malestar Mathilda?”, se preguntaba todos los días su padre. Nadie podía darle una respuesta que le aliviara. Él repasaba una y otra vez la educación que le había dado: ¿habría sido muy estricto?, ¿quizá demasiado flexible?, ¿había algo en el pasado de su hija que no conociera?, ¿algo que pudiera haber sido traumático?, ¿definitivo a la hora de desarrollar un trastorno de ese tipo? León tenía infinitas preguntas y ni una jodida respuesta que le permitiera dormir con algo de sosiego.

“No busque más, Sr. Montana”, le había dicho por la mañana el psicólogo de su hija. “Muchas veces, no sabemos por qué se dan este tipo de trastornos, simplemente se dan y hay que estar preparado para abordarlos con valentía y determinación”.

León había tomado una decisión después de hablar con él. Mantuvo la cabeza fuera de la arena y volvió a casa. Fue directo a la habitación de su hija y, con un dolor absolutamente sangrante, le dijo:

—Cariño, te quiero más de lo que jamás pensé que se podía querer. Eres lo único que de verdad le da sentido a mi vida. Pero si sigues adelante con tu decisión y abandonas definitivamente el tratamiento, renunciaré a ese sentido, porque saldrás de mi vida con lo puesto. Tienes una única opción: tratamiento.

Jean Reno interpreta a León en las película ‘El profesional’

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Graduada en Biología por la Universidad de Navarra, máster en Comunicación Científica, Médica y Ambiental, colabora en varios medios de comunicación con artículos de opinión y ciencia y lleva la dirección de Next Door Publishers, editorial dedicada a la divulgación de la ciencia. Además, dirige la Fundación María Aranzadi, una entidad que trabaja para dar apoyo a familiares y pacientes adictos y para la difusión de información sobre el trastorno de adicción, con el objetivo de eliminar el estigma asociado a ella.

6 Comment on “La niña que tenía miedo a comer

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